VICENTE DÍAZ
EL NACIONAL
No comparto buena parte de las posiciones y enfoques políticos de Miguel Henrique Otero, pero como me niego a acostumbrarme al insulto y al odio, me sumo a las miles de personas indignadas frente al agravio del que ha sido objeto.
Cuando uno estaba muchacho, las peleas eran frecuentes. En Guaracarumbo, allá por Catia La Mar, nos íbamos a las manos con frecuencia. Las discusiones iban in crescendo hasta que el más procaz y provocador soltaba el insulto final: atacaban a la mamá de uno. Allí la furia ciega se drenaba a carajazos. El insulto era un ataque a uno, un agravio a uno. Pero por el lado flaco: por la mamá de uno. Ese ataque siempre generó respuesta.
VTV es el canal del Estado venezolano. Debería ser ejemplo y modelo de la conducta y de los valores que necesitamos para generar el nuevo tipo de ciudadano que requiere el país. Desde sus estudios se critica a mansalva el comportamiento de los medios de comunicación privados. Algunas de sus críticas podrían ser ciertas. Pero quedan empañadas porque se ha convertido en el canal oficial del partido de gobierno y, sobre todo, por el comportamiento de algunos moderadores de sus programas de opinión.
Utilizan el vejamen y el agravio en la pantalla para ascender políticamente, en una carrera interna donde parece que el mérito mayor es vender que se es el más radical porque se es el más grosero y provocador.
En VTV hay quienes destacan por no dejarse arrastrar por esa concepción aberrada. Me viene a la memoria un episodio en el que Vanessa Davies le exigió firmemente a Jorge Rodríguez que no usara un sobrenombre para referirse a un dirigente de la oposición. O el caso de Ernesto Villegas, un entrevistador duro y poco complaciente pero que no descalifica, respeta y se hace respetar.
Pero, lamentablemente, algunos espacios de ese canal son justamente la antítesis del modelo de ciudadano y de forma de hacer política que requiere el país.
La política es dura, y no puede ser de otra manera. Pero también puede ser digna. Ojalá que desde las alturas del poder se le ponga coto a esta situación. Y tiene que ser el Presidente. Nadie hará nada a menos que él decida que ese canal debe ser un ejemplo de televisión digna al servicio de la democracia y del debate de altura.
Pero, por el contrario, la actitud de muchos desde el chavismo apuntala la vejación como política. Decirle a Miguel Henrique Otero "hijo de puta" no fue lo más grave. Lo más terrible, lo monstruoso, es que lejos de desmarcarse de esto, varios de sus formadores de opinión respaldaron el vejamen y han pretendido justificarlo ideológicamente para convertirlo en parte de la lucha de clases. Si esto es prefiguración del hombre nuevo y de la sociedad ideal, queda poco que decir sobre por qué en los pases socialistas la gente hace colas para salir, nadie para entrar.
Los insultos personales y su defensa ideológica son una expresión de cómo el marxismo entiende la política: una confrontación épica entre enemigos a muerte en la cual se vale todo con tal de lograr la revolución. Sin más límites éticos, sin más escrúpulos, que el éxito. Todo se vale con tal de aniquilar al otro. Qué es un insulto comparado con el deber supremo de salvar el mundo.
No podemos acostumbrarnos a que algunos moderadores de VTV se dediquen a sembrar odio entre los venezolanos insultando y vejando a mansalva desde la arrogancia de saberse cobijados por un poder inevitablemente temporal, que ellos asumen como eterno.
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