jueves, 9 de diciembre de 2010

Carlitos y el "Chivo"

VICENTE DÍAZ
EL NACIONAL

vicented@cantv.net 

Carlitos tiene 13 años de edad, vive en La Dolorita. Es el menor de cinco hermanos. Vive con su mamá. Mujer de pueblo, humilde, honesta, fajada. Vende helados de vasito y Tupperware, corta pelo y hace hallacas. Lo que sea. Se las ha visto duras para levantar a sus carajitos. 

Su marido, José Ramón, obrero de Hidrocapital, apareció en la morgue con un tiro en el pecho. Su sueño es sacar a sus chamos del barrio. 

Carlitos está estudiando. Su mamá le dice que tiene que graduarse, como su hermano Martín, que ya es médico. Está enamorado solo de Maigualida. Tiene su misma edad, pero parece mayor. Es linda y baila buenísimo. Pero Maigua sólo tiene ojos para el "Chivo", jefe de la bandita del barrio. 

El Chivo, flaco, alto, se la pasa con plata. Cada semana anda en un carro diferente, con una chama distinta. Todos lo respetan, que es como se le dice al miedo Petare adentro. 

Tiene pistola; varias. También tiene muerto; varios. Al último se lo echó pa’que aprendiera a respetar. Al hampa se le respeta. Ha caído preso dos veces, nunca pasó una semana. El Chivo tiene contactos, poderosos. Él les distribuye. 

Los contactos tienen fiscales y jueces. Quienes andan con el Chivo tampoco pagan los muertos. Tienen pistolas, también respeto. Carlitos odia al Chivo. Por Maigualida. Pero lo admira. Tiene todo lo que él quiere. 

Novias, carro, plata, respeto. Su hermano Martín se graduó de médico tres años atrás. Es pediatra en el seguro social. Anda siempre pelando. Coge el jeep en la redoma de Petare. Vende Herbalife para redondearse. 

Una vez lo sacaron de la casa en la madrugada para que curara al hermano del Chivo, policía metropolitano de día, hampón del Chivo de noche; su fuerte es el secuestro. 

Carlitos tiene que estudiar para progresar, como Martín. Pero el Chivo tiene todo. Tiene hasta Martín. 

Carlitos se fue con el Chivo. 

*********** La idea de progreso es fundacional para Occidente. Es parte del núcleo de creencias y valores básicos de nuestra civilización. La tradición judeo-cristiana difundió la idea de pueblo elegido, devenido en clase elegida para el marxismo y en especie elegida para el darwinismo. 

La Revolución Francesa acabó con las castas. Ya la gente no estaba condenada por el azar de su nacimiento. Conocimiento y trabajo se hicieron palanca del progreso. Progresar es la aspiración occidental; por eso tenemos computadoras, ascensores, satélites, anteojos. 

Acabar con el hampa supone depurar, controlar, aumentar y dotar la policía; mejores tribunales, leyes y cárceles. Todo eso. ¡Urgente! Pero también supone derrotar el referente simbólico que es el hampón para el muchacho del barrio. 

La educación y el trabajo deben volver a ser percibidos como el camino para progresar. 

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