VICENTE DÍAZ
EL NACIONAL
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Desde la Guerra Federal para acá todos nos sentimos igualados. A nadie tratamos de usted. No nos gusta tener jefe. Y menos que nos manden. Tal vez por eso somos tan emprendedores. A ninguno nos gusta ser un "quince y último". Si se le pregunta a cualquiera cuál es su sueño, su respuesta sin pensarlo mucho será: tener mi propio negocio.
Ese rasgo nos potencia como país. Una nación cuyos habitantes sueñan y aspiran a emprender y fundar tiene una fuerza vital tremenda.
Lamentablemente, se ha hecho de todo por quebrantar ese ánimo colectivo. Montar un negocio casi siempre ha sido una enorme carrera de obstáculos: permisos, trámites sin fin, curiosas alcabalas burocráticas, créditos inaccesibles y costosos, gastos paratributarios, reglas siempre cambiantes; y pare usted de contar. Y todo eso cuando ser empresario era prestigioso, cuando se entendía que el empresario se hacía rico mientras generaba puestos de trabajo. Eso estaba bien, nada que reprochar.
Ahora, ser rico es malo. Ser empresario, es decir, dedicarse a la forma más legitima de hacerse rico, significa ser explotador; supone robar el trabajo del obrero y traducirlo en una plusvalía. Ahora a las naturales, o artificiales, dificultades que significa manejar una empresa, se le suma la raya social de ser traficante con el sudor del proletariado.
La revolución chavista, en razón de su sustrato marxista, supone que la sociedad es un juego de suma cero: si alguien tiene más es porque otro tiene menos. Existen ricos porque hay pobres. Los ricos, teoría del valor mediante, generan pobreza. La única forma de acabar con la pobreza es eliminando su causa: la riqueza. Ser rico es malo. Debido a esto, nuestro espíritu emprendedor podría buscar nuevos rumbos, mientras se produce el "hombre nuevo" carente de egoísmo e inspirado sólo por la "conciencia del deber social". El deseo de progreso: o se elimina, como en las sociedades de castas como la feudal, donde quien nacía siervo no aspiraba a noble; o se canaliza, como en la sociedad capitalista moderna donde un obrero puede terminar de patrón; o como en el socialismo de cualquier siglo, donde un obrero puede terminar rico, no creando puestos de trabajo sino navegando corriente arriba por la burocracia estatal donde padrinazgo y favoritismo sustituyen el trabajo creador. Ser rico no es malo. Lo malo es tratar de matar el espíritu emprendedor haciéndole creer al venezolano humilde que la cantidad de riqueza de una sociedad es una constante y que, por tanto, tratar de emprender es moralmente reprochable porque condena a otro.
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