VICENTE DÍAZ
A propósito del
diálogo. Allí cada quien concurre por sus propios intereses y persiguiendo sus
propios objetivos, como es natural y legítimo. El gobierno probablemente busca
aumentar su legitimidad, sumar puntos internacionales como demócrata y lograr
pacificar el frente político para focalizar su energía en la difícil situación
de la economía. La oposición de su parte tal vez busca mantener sus apoyos
internacionales en tanto demócratas, poder hacer llegar a las bases del
chavismo un mensaje alternativo a la verdad oficial, avanzar en la conquista de
espacios de pluralismo y la recomposición del equilibrio de poderes que
viabilice la alternabilidad.
La estrategia opositora
es acompañar el diálogo con la protesta. La amenaza creíble propicia el
diálogo, que esperamos derive en logros concretos; el fundamental: un acuerdo,
bajo supervisión internacional, que recomponga el carácter democrático del país
mediante la renovación equilibrada de los poderes públicos y un ecosistema
electoral que viabilice la alternabilidad.
El carácter electoral
de la toma del poder del chavismo es una de las razones que les obliga a
generar un ecosistema electoral que propicie la participación legitimadora de
sus adversarios, con el riesgo subsiguiente de resultados adversos que no tendrían
forma, ni vocación digo yo, de desconocer sin incurrir en un costo político
insostenible y fatal para la supervivencia de su proyecto, incluso como opción
en caso de ser desalojados del poder.
La fórmula ideal es un
ecosistema electoral lo más cerrado posible para maximizar las opciones de
triunfo gubernamental, pero con la apertura necesaria para garantizar que haya
una participación adversaria. Ese ecosistema ventajista ha cargado el ambiente
de un peligroso desencanto con la vía electoral.
Sin embargo, desde la
caída de Pérez Jiménez los cambios del poder por vía diferente de la
electoral/institucional han fracasado. El propio Chávez intentó un golpe y
fracasó, abstención y fracasó. Solo triunfó cuando acogió la vía electoral,
aunque dudaba del árbitro y de las reglas. La lección de la historia es que
cualquier salida que no suponga la vía electoral, no es una salida sino una
entrada a otra fase del conflicto. Tarde o temprano, la única salida real, y
deseable, es electoral.
En los predios opositores
parece muy claro que la protesta debe ser conducida hacia buscar logros
concretos. Sin embargo los más avezados piensan que es ingenuo intentar una
reconducción exitosa focalizándose en reivindicaciones sociales materiales. No
engancha con los factores motivadores de los movilizados. El origen profundo de
la protesta no es la escasez, inflación o la inseguridad, sin desconocer el
peso específico de estas calamidades; el verdadero problema es la sensación de
un importante segmento de la población de que la alternabilidad electoral es
una ilusión, que los obstáculos interpuestos por el Estado son insalvables.
La reconducción tiene
que generar un sentido de causa histórica: no se puede reconducir a quienes
piensan que están luchando por la patria y la libertad hacia una pelea por el
agua o la harina PAN. Sería iluso e irrespetuoso. Quede claro que estoy
hablando de quienes protestan de corazón. No me refiero a infiltrados violentos
que han propiciado actos de vandalismo y agresión con fines inconfesables.
El objetivo debe estar
centrado en el relanzamiento de la democracia, esa es la salida concreta. Nuevo
árbitro. Reglas justas.
La salida concreta debe
ser viabilizada con un acuerdo supervisable de condiciones para la
alternabilidad, una reingeniería del ecosistema electoral que incluya garantías
para el ejercicio de la política. No solo es lograble con presión política y
social, sino comenzando a recomponer en paralelo un piso de confianza entre las
partes (sin chuparse el dedo, como diría Ignacio Ávalos).
Toda salida concreta
debe incluir: compromiso a ratificar la vía electoral en condiciones de
equidad, reingeniería de las garantías y la administración electoral,
liberación plena de presos y perseguidos
políticos, suspensión de la estrategia de apabullamiento comunicacional,
apertura de espacios equitativos en medios y cobertura en vivo de los eventos
políticos de las partes, garantías de no retaliación por el accionar político,
suspensión del lenguaje incitador al odio; desmarque de salidas no constitucionales
y electorales y un mecanismo consensuado de seguimiento de acuerdos entre
gobierno y oposición que incluya una
instancia de resolución de conflictos.
La salida concreta...
reconquista de la democracia: nuevo árbitro y reglas justas.
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