jueves, 24 de noviembre de 2011

Aberración antipatriótica

VICENTE DÍAZ 
EL NACIONAL


A la señora Ana le mataron a su hijo mayor, de 22 años de edad. Hace poco le secuestraron a su otra hija, de tan sólo 18 años, para obligarla a sacar plata de los cajeros automáticos. Desesperada, temiendo perder también a su niña, vendió todo y se fue a vivir a Madrid. En el aeropuerto se despidió llorando de su tierra amada. 

Es más venezolana que el mondongo, pero huyó aterrada. En septiembre trató de inscribirse para votar. No pudo. No puede. 

Para votar en nuestras elecciones necesita que otro gobierno la autorice. ¡Sólo podrá ejercer su condición de venezolana si la autoriza el Gobierno de Madrid! Una aberración antipatriótica, antinacional. Bonita forma de celebrar el bicentenario de la patria. 

Por nacimiento o adopción todos pertenecemos a algo: familia, partido, club, religión, tribu o nación. Esa pertenencia nos identifica y nos distingue, nos da referentes sociales, culturales y psicológicos; nos da cohesión y un código compartido. El sentido de pertenencia es el sentimiento más poderoso. 

El patriotismo, sin extremos, es la expresión nacional del sentido de pertenencia. Basta con oír el "Alma llanera" cuando estamos en el extranjero o ver las calles vacías cuando juega la Vinotinto para saber que hay una fuerza magnética que nos une como nación por encima de las diferencias. Todo Estado responsable trata de fortalecer su nacionalidad. 

Estimula y fortalece los nexos culturales, la ciudadanía compartida y el orgullo por el país. Por eso países europeos reconocen como ciudadanos incluso a los nietos de emigrantes, aun cuando ellos y sus padres más nunca hayan vuelto a poner un pie en el viejo continente. 

Eso es lo que uno esperaría que hiciera el Estado venezolano. Pero no es así. Las mayorías estatales han decidido que los venezolanos que viven en el extranjero son menos venezolanos. En lugar de fortalecer su pertenencia, los alejan. Aprobaron una normativa electoral discriminatoria y antipatriótica, que establece que para ejercer el derecho al voto se necesita que un gobierno extranjero autorice a nuestros compatriotas en el extranjero a inscribirse en el Registro Electoral. De hecho, pasando por encima de la Constitución, la mayoría de la Asamblea Nacional aprobó en el artículo 124 de la Ley Electoral que los venezolanos en el extranjero deben poseer residencia legal en el país que habitan: ¡como si la condición de legalidad en el extranjero les cancelara su naturaleza de venezolanos! Y, más grave, en el CNE establecimos dos tipos de venezolanos, violando el principio de igualdad ante la ley: los que viven aquí, para quienes la prueba de residencia es su sola palabra, como establece el artículo 30 de esa misma ley; y los que viven fuera, cuya palabra no vale nada, y necesitan un papel de un gobierno extranjero que certifique que viven allí para poder votar en nuestras elecciones. Todavía hay tiempo de rectificar. Ojalá haya la voluntad.

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