viernes, 4 de noviembre de 2011

Tentación clientelar, tentación criminal

Vicente Díaz 

El dinero tiene una lógica. Quienes la descifran pueden ganar en ese juego; se enriquecen. Depende básicamente de dos cosas: quién le debe a quién, y cómo se gasta lo que se obtiene. Se empobrece quien debe y se enriquece quien cobra. Si usted debe en su tarjeta de crédito usted se está haciendo más pobre y su banco se lo agradece. Trate de no deber. 

Pero, a veces deber es conveniente. Si se endeuda para gastar en carro, restaurantes o electrodomésticos la pasará muy bien, pero cada día será más pobre. Si con la tarjeta de crédito compra un computadora y un escáner, y en su casa monta un servicio vecinal de digitalización de fotos y documentos, usted tendrá una deuda buena; se habrá endeudado para invertir, no para gastar. 

Inversión es dinero que produce dinero; que si se reinvierte produce más dinero. Y ese es el camino a la riqueza. Con los países pasa lo mismo. Quien debe pierde. 

A menos que lo obtenido se invierta. Y pasa lo mismo con los ingresos ordinarios, los que no son por deuda. Si se gastan y no se invierten se va rumbo a la pobreza. 

En democracia, donde los gobiernos quieren ganar elecciones, la tentación es grande: si tengo plata y necesito votos, uso la plata para conseguir votos. Y ese es el camino seguro para arruinar un país. 

Porque lo que más rápido genera votos es el gasto, no la inversión. La inversión en obras se nota luego de varios años, en educación luego de décadas, en salud casi no se percibe, en ciencia y tecnología se ve en generaciones. Eso enriquece una nación, pero no gana elecciones. Sí las gana: regalar neveras, crear burocracia para emplear gente, subsidiar combustibles y consumibles. Se arruina un país pero se preserva el poder. 

Por eso las democracias tienen que operar con poderes públicos independientes y fuertes que sirvan de balance y contrapeso a la tentación clientelar, con reglas estrictas y voluntad de cumplimento. 

Poner la lupa en las finanzas de los partidos y candidatos es un deber. Es la forma de proteger que los dineros ilícitos controlen a los partidos y a través de estos colonicen al Estado. 

Pero ese enfoque no protege a las sociedades de sus propios gobiernos. En el mejor de los casos la legislación e institución electoral regula la campaña electoral explicita de los gobiernos. 

La campaña más nefasta, la que conduce a la miseria por la vía del populismo clientelar, pasa agachada sin control de ningún tipo. Primero porque no es fácil determinar la razonabilidad del gasto cuando un país tiene emergencias sociales que requieren atención inmediata. 

Segundo porque nadie quiere hacer el papel del policía malo, el que limita y controla gastos muy bien acogidos por la población. 

Lo mejor es no endeudarse, o endeudarse para invertir. Endeudarse para gastar y ganar elecciones es un crimen. Un crimen que se paga a la larga. Cuando la liga del gasto se estira sin medida se revienta, y las expectativas crecientes de los pueblos indignados pasan factura. 

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