jueves, 10 de noviembre de 2011

Jaimito o la expropiación de los sueños

VICENTE DÍAZ 
EL NACIONAL


Víctor Hugo Romero tiene 24 años de edad. Es andino y aficionado a los chistes. Prefiere los de Jaimito, expresión más popular de la picaresca criolla. A Víctor, por una temprana vocación empresarial, se le ocurrió lo que a nadie antes: registró la propiedad intelectual. Con el registro en la mano, le puso rostro al personaje, le dio amigos y situaciones. 

Lo editó en su tierra natal apoyándose en talentosos colaboradores. Jaimito se materializó en revista regular, en un cómic venezolano de tiraje nacional con vocación internacional. Una nueva Mafalda, tal vez. Lleva varias ediciones, tiene publicidad en televisión. Los chistes devinieron en industria: conceptualizadores, guionistas, ilustradores, diagramadores, impresores, distribuidores, publicistas, transportistas, locutores, editores, contadores. 

Empleos. Víctor y su equipo ganan plata sin hacerle daño a nadie y generan empleos. Sólo porque soñó un negocio donde los demás sólo ven un chiste, y trabajó para lograrlo. Ser empresario es una vocación. 

Igual que ser artista, deportista o político. Es una actitud. El empresario ve oportunidades de negocios donde los demás ven acontecimientos. Como Miguel Ángel, que vio al David donde los demás sólo veían una piedra de mármol. 

Como en toda vocación, sobresalen los talentosos y los audaces. 

Picasso destruyó la anatomía para renovar la pintura. Beethoven se hizo genio acabando con los preámbulos en su Quinta sinfonía y poniéndole himnos a la Novena. Una industria es el sueño materializado de un emprendedor audaz. Un artista de los negocios. Y como en todo, hay artistas buenos y malos. Usualmente los buenos son los que vuelan más alto, trabajan más duro y tienen menos miedo de equivocarse. 

Por eso admiro a los empresarios. A los de verdad. No a los que cabalgan sobre la fortuna de conocer al enchufado de turno. Al empresario auténtico, ese que tiene el olfato, empuje y la mirada en el largo plazo. Por eso admiro, sin conocerlo, a Víctor Hugo que se atreve a soñar y emprender. A mucho riesgo. 

Ojalá que no aparezca un envidioso (perdón, ideólogo) que desgarrándose las vestiduras pegue el grito al cielo: ¡Sacrilegio! ¡Privatizan la cultura popular! ¡Jaimito es patrimonio humorístico del pueblo! ¡Es expresión acabada de un pueblo irreverente! ¡Eso no debe permitirse! Y entonces, ¡zas!, expropiado: el Estado no puede permitir que se especule con el derecho popular a la diversión. 

Sería otro sueño truncado. Otros empleos vaporizados. Otro joven sopesando si este es el país que quiere. Porque cuando se expropian empresas o industrias no se confiscan paredes y equipos. Es peor. Mucho peor. Se secuestran los sueños y se desparrama el desaliento. Venezuela es un país de emprendedores. Todo el mundo sueña con salir del quince y último y mandar de paseo a su jefe. 




Ojalá que no matemos ese espíritu expropiando los sueños.

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