jueves, 14 de abril de 2011

Golpe de Estado

VICENTE DÍAZ 
EL NACIONAL

vicented@cantv.net 

Ese es el nombre, no tiene otro. Romper el hilo constitucional para imponer una autoridad diferente de la seleccionada por la voluntad popular; eso es un golpe de Estado. 

En abril de 2002 hubo un golpe de Estado. ¿Qué otro nombre puede tener la "decisión" de poner a Carmona de presidente? Es cierto, el país asumió que el Presidente había renunciado; así lo informó el ministro de la Defensa y nadie salió a desmentirlo. Pero la Constitución establece cómo se cubren las vacantes del Presidente constitucional. En ningún lado dice que las absolutas son reemplazadas por el presidente de Fedecámaras. 

Y lo que vino a continuación fue mucho peor. El nuevo "gobierno" también sustituyó la Asamblea Nacional, la Constituyente y al pueblo (mismo). Revirtió decisiones que habían tomado esos órganos y habían sido refrendadas por el pueblo en referéndum: destituyó los poderes públicos, le cambió el nombre al país, entre muchas otras cosas. Eso fue un golpe de Estado, sin duda. En el TSJ lo llamaron vacío de poder. Un eufemismo desafortunado. 

Como desafortunado es el eufemismo de llamar rebelión popular al golpe de Estado que intentó darle el actual Presidente al entonces Presidente constitucional en febrero del 92. Luego de años de conspiración, un grupo de militares intentó reemplazar la voluntad del pueblo; creyéndose más sabio que ese pueblo intentaron tomar a sangre y fuego los centros del poder nacional. 

Ese es el nombre: golpe de Estado. En ambos casos. Nefastos los dos. Vergonzosos los dos. Nada de qué sentirse orgullosos. 

Gracias a Dios este pueblo sabio y subestimado está por encima de los iluminados. Los dos golpes fueron derrotados. El pueblo se puede equivocar, pero son mil veces preferidas las equivocaciones del pueblo que los aciertos esclarecidos de quienes pretenden encarnarlo. 

Y gracias a Dios también de las filas de la vilipendiada política emergieron valientes voces que contribuyeron a frenar las arremetidas de esa barbarie. En el 92, Eduardo Fernández se creció como estadista al salir en defensa de la democracia amenazada. Diez años después, las voces de Teodoro Petkoff y de Isaías Rodríguez le salieron al paso a ese golpe que ya había sido denunciado y advertido días antes por Henry Ramos, y que en Miraflores se manejó con la firmeza de un José Vicente Rangel dispuesto a no ceder al golpismo y con la cautela necesaria del ahora político presidente Chávez, cuya decisión de entregarse evitó una carnicería; probablemente parecida a la que hubiese generado su orden de activar el Plan Ávila, de haber sido acatada. 

Décadas de campaña antipolítica terminaron haciéndole creer a militares y dirigentes civiles que el oficio del político se compra con sencillo en la botica. No es así. Afortunadamente, de nuevo los políticos retomaron las riendas. 

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